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Querida Rectora,
Queridos Ex-Rectores y Defensor Universirtario,
Queridas amigas y amigos.

Un año más estamos celebrando la festividad del Patrón de nuestro Centro, rememorando, no tanto a quien ocupa una casilla en el santoral, sino al humanista y hombre de ciencia que fue Alberto Magno, en un acto académico que repite una tradición asentada en la historia de nuestra Facultad. Pero, al menos para este Decano, el acto académico de hoy tiene ciertas connotaciones que lo hacen diferente a los desarrollados en el periodo en que he tenido el honor de ejercer como responsable académico del Centro.

Por primera vez, en nuestra historia, un Decano inicia su actuación en este acto con las palabras “querida Rectora”. También, en esta ocasión, está presente en la mesa nuestro anterior Rector, pero esta vez como profesor de la Facultad para impartir la conferencia de San Alberto. También hemos entregado un recuerdo de la Facultad, junto al resto de personas que se han jubilado, a otro ex-Rector de nuestra Universidad. Y, finalmente, esta será la última ocasión en que tengo la oportunidad de dirigirme, como Decano, en la celebración de nuestro Patrón, a la comunidad universitaria de la Facultad, al concluir próximamente mi segundo mandato.

Antes de nada, quiero agradecer a nuestra Rectora su presencia hoy en nuestra Facultad, en la que cursó sus estudios de Biología y a la que considera como su segunda casa. Mi agradecimiento también a nuestro ex-Rector Paco Lodeiro, porque, recién colgada la toga negra, haya aceptado vestirse el traje de faena y hacerse cargo de la conferencia que forma parte de este acto académico. Paco ha vuelto a ser lo que nunca dejo de ser: un profesor de la Facultad, cercano, dispuesto a lo que haga falta, quizás un poco disfrazado de Rector en estos últimos años, por necesidades del guión. A nuestro compañero, el Profesor Alberto Fernández (también ex-Rector –está claro que tenemos  este año una “notable presencia de Rectores” en esta sala), deseo agradecerle que, con motivo de su jubilación, haya querido dar un realce especial al homenaje que hoy realizamos a quienes han dedicado tantos años a nuestra institución, interviniendo en representación de todos ellos.

Pero, sobre todo deseo agradecer la presencia de todos los que, con vuestra asistencia y colaboración, llenáis de contenido este acto académico y el conjunto de actividades que se han programado en estos días. Sin vuestra participación nada de esto tendría sentido. Al fin y al cabo, la celebración del patrón de un Centro es, sobre todo, una oportunidad para poner de manifiesto unas señas de identidad y expresar el sentimiento común de participar en un proyecto compartido.

Como ya sabéis, mis intervenciones en este acto han pretendido siempre reflexionar, en voz alta, sobre nuestra situación docente e investigadora, sobre los problemas  que nos acucian, compartiendo con todos vosotros  preocupaciones  comunes, denunciando las situaciones de acoso a las que la Universidad pública se ha visto sometida en los últimos años e intentando ofrecer soluciones, reivindicando siempre la educación superior y la investigación como pilares fundamentales sobre los que debe asentarse el desarrollo de una sociedad avanzada.

En esta ocasión, al sentarme frente a esas cuartillas en las que uno pretende poner, negro sobre blanco, lo que comentar, no he podido evitar que, entre mis pensamientos, se colara una reflexión sobre lo que para mí han supuesto estos años, en los que he tenido el orgullo de gestionar este gran Centro. He pensado que dedicar unos minutos a compartir en voz alta estos sentimientos, al igual que he hecho con tantas otras reflexiones, es también la mejor manera de agradecer a todas las personas que constituyen nuestra Facultad su contribución al trabajo común desarrollado durante estos años y el apoyo que hemos recibido durante ese tiempo.

Aunque lo he dicho muchas veces, no tengo más remedio que repetirlo nuevamente: la Facultad de Ciencias es un Centro  singular de la Universidad de Granada. Somos el segundo  Centro en número de alumnos, pero tenemos bastantes más titulaciones que el primero. Somos el segundo Centro en titulaciones, pero con bastantes  más alumnos que el primero. Somos el Centro que reúne, con diferencia, más profesorado y personal de administración y servicios de nuestra Universidad. Generamos prácticamente la mitad de la producción investigadora de la UGR. Y, en definitiva, somos el Centro más diverso de la Universidad, que, desde hace años, tuvo que dotarse de un sistema de funcionamiento descentralizado que permitiera seguir manteniendo la cohesión en un colectivo que, quizás, lo  fundamental que comparte, es su pasión por la ciencia y su historia común de cerca de 160 años, como una de las Facultades más antiguas de nuestra Universidad.

Encontrarse, como me ocurrió hace casi ocho años, al frente de un centro de estas características, no podía por menos que ser una gran responsabilidad, para cualquier persona que se precie de una mínima lucidez. Cuando uno se enfrenta a esa situación, la prudencia y la inteligencia aconsejan encomendarse  primero al santo patrón, luego a todos los santos, después rodearse de buenos colaboradores, escuchar más que oír, dialogar más que hablar y, sobre todo, estar dispuesto a confiar en la gente. He intentado que estos principios estuvieran presentes en mi actuación a lo largo de estos años (bueno, quizás menos la encomienda a los santos,  por no ser una vivencia muy arraigada en mi actividad cotidiana), y creo que no me ha ido del todo mal.

Llevo toda mi vida profesional dedicada a la Universidad de Granada. Más de cuarenta años ejerciendo actividades de gestión a nivel departamental, de Facultad, órganos de gobierno e incluso en ámbitos extrauniversitarios. Hoy quiero manifestar ante la comunidad de mi Centro que la experiencia como Decano de la Facultad de Ciencias ha sido, universitaria y personalmente, la más gratificante. No solo me ha permitido obtener una visión muy enriquecedora de lo que significa la UGR en su conjunto, sino que me ha mostrado, y ese es el valor más preciado que puedo llevarme de esta experiencia, que el mayor capital que tenemos a nuestro alrededor son las personas. Las ideas, la financiación, los medios, son importantes; pero al final, lo que marca la diferencia entre poder hacer o no hacer cosas, son las personas; su implicación, su esfuerzo y su ilusión por proyectos compartidos.

Y yo hoy, aquí, quiero reiterar, una vez más, que el valor más importante de nuestra Facultad, que hace posible su excelencia, es el conjunto de personas que la integran. Lo que se ha realizado a lo largo de estos últimos años ha sido fruto de un esfuerzo común. La importante cantidad de actividades y actuaciones que hemos desarrollado durante nuestro periodo de gestión, ha sido posible gracias a la participación de todos, de una manera decidida y desinteresada. Y todo ello se ha desarrollado en unos años difíciles desde el punto de vista económico, de recortes presupuestarios, mientras que, simultáneamente, hemos debido afrontar transformaciones importantes en la docencia y en el funcionamiento administrativo y funcional, con la implantación de los Grados, la adecuación a nuevas formas de enseñanza y la puesta en marcha de sistemas de control y verificación que exigían un esfuerzo adicional.

Si todo ello ha sido posible, ha sido gracias al esfuerzo de todas las personas que integran nuestra Facultad de Ciencias. Desde quienes desarrollan responsabilidades de gestión en las distintas titulaciones o departamentos, pasando por el profesorado y el personal de administración y servicios, hasta los propios estudiantes que también han aportado, con sus opiniones y críticas, argumentos para avanzar hacia un funcionamiento más efectivo.

También quiero reconocer y manifestarlo públicamente, el apoyo, la sintonía en los planteamientos y la ayuda que, en todo momento, hemos encontrado en el Equipo de Gobierno de la Universidad durante estos años. Para mí ha sido un orgullo poder compartir este periodo de gestión con Paco Lodeiro como Rector, sabiendo que su conocimiento de nuestra Facultad, nuestra antigua relación en el compromiso universitario, y nuestra coincidencia en los planteamientos sobre lo que tiene que representar socialmente una Universidad Pública de calidad, eran una garantía para gestionar desde una posición de confianza este gran Centro.

Quiero también expresar mi reconocimiento a la “herencia recibida”. En una época en la que, al menos en política, es frecuente achacar a las gestiones anteriores la culpa de no  haber cumplido los compromisos ofrecidos, yo tengo que manifestar que las condiciones de la Facultad que nos dejó nuestro anterior Decano, Enrique Hita, han facilitado el desarrollo que hayamos podido realizar en estos años. Enrique nos cedió una Facultad cohesionada, sin tensiones, consciente y orgullosa de su importancia en el conjunto de la Universidad de Granada y con ilusión por trabajar. Sobre estas bases, es fácil construir.

Si algo hemos tenido claro, a lo largo de estos últimos años, es que había que mantener esa ilusión. Que había que seguir manteniendo la cercanía con las personas. Que había que potenciar la participación de todos en cuantas iniciativas se pusieran en marcha. Que había que profundizar en un funcionamiento descentralizado, permitiendo a cada titulación desarrollar sus iniciativas dentro de un marco compartido. Que había que escuchar antes de actuar. Y, sobre todo, que había que potenciar la satisfacción de pertenecer –y que me disculpe por esta opinión el resto de la comunidad universitaria- al Centro más emblemático de la Universidad de Granada. Espero haberlo logrado.

Pero no es mi intención hacer de esta intervención  una valoración de lo realizado a lo largo de este periodo. De ello hemos dando cumplida cuenta en las memorias de gestión que, año tras año, han recibido la aprobación  manifiesta de la Junta de Facultad. Me gustaría, en esta intervención institucional que hago por última vez, compartir con vosotros mi preocupación, mi ilusión, o quizás simplemente mi deseo, sobre lo que pudiera ser el futuro de la Facultad en los próximos años. Al menos, durante el periodo en que todavía tendré ocasión de seguir desarrollando en ella mi actividad académica y que va a coincidir con la etapa de gestión de nuestra nueva Rectora, cuya presencia aquí hoy justifica, aún más, que manifieste estos planteamientos y reflexiones.

Llevamos años sometidos a un proceso de debate sobre lo que la Universidad tiene que representar para la sociedad a la que sirve. A lo largo de la historia, el papel de la Universidad ha estado sometido a cambios importantes. Frente a su consideración tradicional como foco de creación y concentración del saber -algo así como un “club elitista” donde cultivar el conocimiento -que fue lo que la caracterizó en sus orígenes medievales-, su concepción como servicio público no se estableció hasta épocas recientes.

Cada vez más es asumido el papel dinamizador que las Universidades tienen que desempeñar en el desarrollo de las sociedades donde se insertan.  Cada vez está más clara la exigencia (sobre todo en el caso de las Universidades públicas –pero incluso también para las privadas que pretendan ser algo más que un negocio y hacer honor a la denominación de “Universidad”-), de aportar a la sociedad profesionales preparados, conocimientos que generen desarrollo y avances que permitan mejorar la calidad de vida. Y en una sociedad donde los conocimientos científicos constituyen la base del funcionamiento cotidiano y del avance en tecnología, sanidad y bienestar,  una Facultad de Ciencias, como la nuestra, tiene que desempeñar un papel fundamental.

En los próximos años deberíamos –quizás sea más comprometido decir “tendríamos”- que plantearnos una adecuación más realista de los contenidos formativos de nuestros títulos de Grado (yo diría que incluso de los tipos de Grados) a las necesidades de una sociedad que está cambiando rápidamente. Y más aún, si al final se opta por unos títulos de 3 años. La concepción clásica de un científico generalista quizás tenga que ser revisada. Lo que era un biólogo, un químico o un físico en el siglo XIX o XX, puede ser algo diferente a lo que de ellos se espera en el siglo XXI.

Quizás la formación generalista no sea ya tan importante (o incluso imposible, dado el volumen de conocimientos que hoy día conforman el cuerpo de cualquiera de las disciplinas científicas) y haya que pensar en una formación más especializada para adaptarse a las necesidades actuales. Si ello debe hacerse mediante unos grados específicos, o mediante una formación general, completada con posgrados especializados, es algo que deberíamos debatir. En todo caso, si se opta por seguir manteniendo unos grados generalistas, habrá que redefinir sus contenidos, entendiendo que no se puede seguir impartiendo en menos años lo que antes ocupaba una titulación de cinco cursos, ni pretender que los nuevos graduados salgan con una formación equivalente a la que antes adquirían los correspondientes licenciados.

Si se opta por grados especializados, habrá que analizar cuidadosamente hacia dónde dirigirse. Cuáles son las demandas sociales de futuro (no solo las actuales) y como responder a ellas. Y esto es válido también, en el caso de mantener unos títulos de Grado básicos, para el tema de los posgrados. Hará falta una reflexión seria sobre la oferta de especializaciones que los departamentos e institutos de la Facultad de Ciencias pueden y deben de ofertar, ante las necesidades de una sociedad que demanda nuevas especialidades.

No se trata de basar la oferta sólo en aquello que nuestros investigadores y grupos de trabajo tienen entre manos (aunque está claro que no se puede enseñar lo que no se sabe), sino de estar atentos a las demandas sociales y a los campos de interés,  a medio y largo plazo. Ello, sin duda, requerirá la búsqueda de sinergias entre Departamentos, grupos de investigación e incluso colaboraciones externas; lo necesario para montar acciones formativas de excelencia que sitúen la oferta que podemos ofrecer en una de las más atractivas en el ámbito de las ciencias. Y ello debe ser particularmente fácil en una Facultad donde se mantienen reunidas todas las especialidades científicas, cosa que no resulta hoy frecuente en el panorama de las universidades españolas.

Una oferta formativa de calidad como la que estamos proponiendo para nuestra Facultad, tiene necesariamente que venir acompañada de un proceso de internacionalización decidido, sobre todo en los cursos de especialización. Esas sinergias que antes hemos mencionado hay que buscarlas también fuera de nuestros muros. Sobre todo, explotando las excelentes relaciones internacionales que nuestros Departamentos y grupos de investigación mantienen. No se trata solo de aprovechar nuestros contactos para invitar puntualmente a colegas externos a impartir conferencias o desarrollar estancias breves en nuestro Centro, sino de implicarlos en la impartición de cursos que puedan tener una proyección internacional.

Otro reto que nuestra Facultad tiene planteado para los próximos años afecta a su investigación. La generación de conocimiento sigue siendo, sin duda, la característica distintiva de nuestro Centro. Generamos prácticamente la mitad de la producción investigadora de nuestra Universidad y nadie tiene que convencernos de la necesidad de seguir manteniendo esta actividad ni puede discutir la calidad del trabajo que realizan nuestros Departamentos, Institutos y Grupos de Investigación, reconocido internacionalmente. Pero creo que deberíamos profundizar en el aspecto de la transferencia.

La investigación científica se hace útil y cobra su sentido social cuando, además de profundizar en el conocimiento de la naturaleza, sus leyes y su funcionamiento, contribuye al desarrollo social, a la mejora de la calidad de vida, a erradicar enfermedades, a aumentar el bienestar y a conseguir sociedades más justas y desarrolladas. Como investigadores responsables no podemos quedarnos solo en la satisfacción personal que genera el trabajo creativo, sino que también debemos aportar nuestro grano de arena para que el resultado de nuestro trabajo llegue a la sociedad; llegue a las personas, que deben ser, en definitiva, el objetivo último de nuestro  esfuerzo. Y eso se llama transferencia. Esta es una tarea que debe ser asumida también por la propia Institución que nos acoge, que no depende solo de nosotros, pero a la que tenemos la obligación de contribuir, replanteando, en ocasiones, nuestras líneas de actuación y, sobre todo, siendo conscientes de la importancia de hacer visible lo que hacemos, no solo ante la propia comunidad científica, sino también ante la sociedad en general.

Desde mi perspectiva, también creo que La Facultad de Ciencias debería seguir profundizando, en los próximos años, en  algo que hemos intentado fuera una constante durante nuestro periodo de gestión: su papel como dinamizador social de la ciencia, haciendo de la cultura científica un valor cotidiano para los ciudadanos y un objeto de interés para las nuevas generaciones. Una Facultad de Ciencias moderna tiene que ser para su entorno una puerta permanente de  acceso a la ciencia. La figura de un centro aislado, donde se generan conocimiento de un modo hermético, pensando exclusivamente en el propio mundo científico, en los colegas, en las revistas especializadas, en los simposios y congresos donde intercambiamos nuestros logros, no tiene sentido en la sociedad del conocimiento que se pretende construir en el siglo XXI.

Es nuestra obligación hacer que la ciencia forme parte cotidiana de nuestra sociedad. Que se conozca lo que hacemos, como lo hacemos, por qué lo hacemos y para qué sirve lo que hacemos. Y nadie puede explicar mejor la importancia de lo que hace que quien lo hace. Esta implicación social en la valoración de la investigación es, por otra parte, la mejor forma de presionar a quienes gestionan políticamente nuestras sociedades para mantener unas inversiones adecuadas en este campo. Cuando una sociedad valora la ciencia, la investigación, la creación de conocimiento, a cualquier político de turno le resultará más difícil aplicar y defender recortes en estos ámbitos. Y este trabajo de creación de cultura científica, no podemos dejarlo en manos de los medios de comunicación. Tenemos que convencernos que esta labor forma también parte integrante de nuestro compromiso social.

Esta acción entronca también con un concepto en el que deberíamos profundizar en los próximos años: la Universidad como fuente de formación continuada a lo largo de la vida. En una sociedad del conocimiento, nuestra Facultad de Ciencias debe ofrecer a las personas, no solo una formación adecuada para desarrollar una actividad profesional de calidad a través de sus Grados y Posgrados, sino también la posibilidad de acceso a una formación que permita el enriquecimiento personal permanente y la ampliación y actualización de los conocimientos. Tenemos, sin duda, muchas cosas útiles que aportar a la sociedad para el desarrollo de las personas que la integran. No estoy pretendiendo mostrar la universidad como una academia de cursos CCC sobre corte y confección, técnicas de guitarra o punto de cruz. No. Se trata de que la Universidad sea para la sociedad un lugar donde encontrar formación seria y de calidad, útil para ampliar los conocimientos y mejorar el desarrollo personal de sus ciudadanos.

Y en este campo, estoy convencido  del importante papel que tienen que jugar  las nuevas tecnologías de información y comunicación así como la digitalización. Una parte fundamental de las actividades formativas que se desarrollen en este ámbito, deberían realizarse, no de una manera presencial, sino a través de sistemas virtuales digitales, accesibles de forma abierta y que puedan llegar a amplios sectores de la población, en una sociedad donde el acceso a la información a través de internet forma parte de la vida cotidiana.

A través de estas reflexiones he pretendido compartir lo que, desde mi punto de vista, la Facultad de Ciencias puede y tiene que seguir aportando a la Universidad de Granada en los próximos años. En cualquier caso, este Centro seguirá siendo fundamental en el desarrollo futuro de nuestra Universidad y lo hará gracias a la calidad y el esfuerzo de las personas que lo integran. Por nuestra parte, esperamos haber contribuido, en la medida de lo posible, a que la Facultad de Ciencias siga siendo ese Centro emblemático, del que nuestra Universidad se sienta orgullosa.

Feliz día de San Alberto y que nunca nos falte la ilusión para seguir haciendo lo que sabemos hacer bien: crear conocimiento y transmitirlo.

 

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